-Fue viendo Rugrats (o Aventuras en Pañales) que lo supe por primera vez. Un capítulo de las primeras temporadas, de cuando era una serie decente. Angélica, la niña mayor que hacía de antagonista, les explicaba a los bebes que la forma de reconocer quién, de entre los humanos, era un marciano, era por su ombligo: los humanos lo tenían hundido y los marcianos lo tenían salido. Carlitos, el niño tímido, raro y miedoso, tenía el ombligo salido y entonces, consecuentemente, era un marciano. Y debía ser tratado como un marciano. Yo estaba muy chico, tenía 8 años a lo más, pero sabía que eso era un dibujo animado, que no tenía nada que ver con la realidad y que, por lo demás, Angélica sólo estaba molestando a Carlitos. Pero yo tenía el ombligo salido. Los otros niños también lo habían notado, en innumerables días de playa, de piscina, de manguereos. Claro, yo no era un marciano, tampoco era particularmente tímido o miedoso y difícilmente se me podría haber dicho raro, pero tenía el ombligo salido: dentro de la organización automática e infranqueable que se da en los grupos humanos, a mi me tocaba estar del lado de los marcianos, del lado de Carlitos. Y pensé, o ahora creo que pensé, que debía cuidarme de las Angélicas de la vida, siempre.